Cuando sonaban, pues, las trompetas, y cantaban todos a una, para alabar y dar gracias a Jehová: y a medida que alzaban la voz con trompetas y címbalos y otros instrumentos de música, y alababan a Jehová, diciendo: Porque él es bueno, porque su misericordia es para siempre: entonces la casa se llenó de una nube, la casa de Jehová. Y no podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios.
Las trompetas y los címbalos ya suenan bastante fuerte, todos cantando la misma línea al unísono — él es bueno, su misericordia es para siempre — y entonces la nube desciende tan densa que los sacerdotes ya ni pueden hacer su trabajo. No porque algo saliera mal. Porque algo se presentó.
Es un detalle raro para retener: en el momento en que la presencia de Dios realmente llegó, los profesionales tuvieron que dejar de trabajar. Toda la preparación cuidadosa, el orden sacerdotal, la coreografía del ritual del templo — nada de eso pudo seguir funcionando cuando lo real apareció. La gloria no espera educadamente a que termine la ceremonia.
Quizás nunca has vivido un momento así, donde algo más grande que la rutina la interrumpió por completo. Esta historia no te pide que finjas uno. Solo deja constancia de que, cuando Dios se presenta, generalmente no cabe bien dentro de la estructura construida para recibirlo.
Si una parte de ti se pregunta qué haría falta para que algo real interrumpa tu rutina, esa curiosidad vale la pena seguirla.
Un video corto sobre esto está por llegar — por ahora, sigue leyendo.