Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
"Dios es Espíritu" suena abstracto al principio, pero Jesús lo dice para corregir un argumento bastante concreto — la mujer samaritana acababa de preguntarle dónde estaba el monte correcto para adorar, el de ella o el de los judíos. Estaba haciendo una pregunta de ubicación. Jesús responde con algo que disuelve toda la premisa: Dios no está confinado a un monte, un edificio o una nacionalidad, así que la adoración tampoco lo está.
Espíritu y verdad — no el código postal correcto, no la ascendencia étnica correcta, ni siquiera la institución religiosa correcta. Algo más interno y más universal que todo eso. Esta conversación sucede, notablemente, con una mujer de pasado complicado que el pueblo entero ya conocía, en un pozo, al mediodía, cuando ella normalmente habría evitado a la multitud.
Si supusiste que la fe de verdad exige el origen correcto, el edificio correcto, o pertenecer primero al grupo correcto, este versículo — dicho exactamente al tipo de persona que no tenía nada de eso — sugiere lo contrario.
Si supusiste que necesitarías el origen correcto antes de acercarte a Dios, esta conversación sucedió con alguien que no tenía nada de eso.
Un video corto sobre esto está por llegar — por ahora, sigue leyendo.