Y dio a Moisés, cuando acabó de hablar con él en el monte de Sinaí, dos tablas del testimonio, tablas de piedra escritas con el dedo de Dios.
Cuarenta días en un monte, y lo que Moisés trae de vuelta no es una idea, un sentimiento, ni una sensación general de haber tenido una experiencia espiritual. Son dos tablas de piedra, escritas, dice el texto, con el dedo de Dios. Algo específico, algo que se podía sostener, leer y pasar a otra persona.
Es un tipo extraño de religión, si estás acostumbrado a pensar en la fe como algo privado y no verificable — un asunto de pura convicción interior sin nada que señalar. Esta historia insiste en lo contrario: Dios se comunica en términos lo bastante concretos como para tallarlos en piedra. No inspiración vaga. Palabras reales, hechas para ser leídas por personas reales.
Quizás alguna vez te preguntaste si algo de esto podría realmente fijarse en algo sólido, en lugar de ser solo el sentimiento privado de alguien sobre el universo. Esta escena afirma que las palabras no fueron inventadas por Moisés, negociadas, ni adivinadas. Fueron dadas. Si esa afirmación se sostiene es algo que vale la pena investigar, en lugar de simplemente asumir de una forma u otra.
Si la fe siempre te ha parecido demasiado vaga, ¿qué significaría ver esto como una afirmación específica y concreta que vale la pena investigar?
Un video corto sobre esto está por llegar — por ahora, sigue leyendo.