Y el leproso en quien hubiere llaga llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta, y embozado pregonará: ¡Inmundo! ¡inmundo! Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo; estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada.
"Inmundo, inmundo" es una de las frases más duras de toda esta sección de la ley — una persona obligada a anunciar en voz alta su propia condición, para advertir a los demás que se alejaran, para vivir sola fuera del campamento mientras durara la enfermedad, o no. Aislamiento, incorporado en las instrucciones, tan público como fuera posible.
Vale la pena detenerse en lo brutal que era realmente ese aislamiento antes de correr hacia alguna conclusión simplificada. No era un inconveniente menor. Era exclusión total de la comunidad, del culto, del contacto humano ordinario, mientras durara la enfermedad. Leída sola, es una de las escenas más sombrías de Levítico.
Pero es también exactamente la escena que después se revierte de la forma más extraña — un hombre con esta misma enfermedad acercándose a Jesús, siglos después, esperando el rechazo, y en cambio siendo tocado. No gritado desde la distancia. Tocado. Si alguna vez sentiste que tu propia situación te convierte en alguien a quien hay que evitar, vale la pena recordar la severidad de esta ley antigua solo para notar lo que hizo falta para revertirla.
Si alguna vez sentiste que tu situación te pone fuera del campamento, ¿qué significaría descubrir si esa sigue siendo la última palabra?
Un video corto sobre esto está por llegar — por ahora, sigue leyendo.