Me volví y vi debajo del sol, que ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes, ni aun de los sabios el pan, ni de los prudentes las riquezas, ni de los elocuentes el favor; sino que tiempo y ocasión acontecen a todos.
Ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes. Esa línea impacta distinto según cuánto ya creías en lo contrario — que el talento y el esfuerzo producen de forma confiable los resultados que merecen, que el mundo básicamente recompensa a quien se lo ganó.
El Predicador contradice eso con una lista directa: los ligeros no siempre ganan, los fuertes no siempre prevalecen, los sabios no siempre comen, los prudentes no siempre son ricos. Su conclusión no es exactamente desesperación — es que tiempo y ocasión acontecen a todos. Un reconocimiento de que una parte enorme de lo que le pasa a cualquiera de nosotros está genuinamente fuera de nuestro control, por bien que juguemos el juego.
Eso es incómodo si construiste tu sentido de valor sobre resultados que suponías controlar. Pero también puede ser un alivio — si la carrera realmente dependía tanto del azar como de la habilidad, entonces una derrota no significa necesariamente que hiciste algo mal.
Si te has estado culpando en silencio por resultados que nunca estuvieron del todo bajo tu control, este versículo quizás ofrezca un alivio honesto.
Un video corto sobre esto está por llegar — por ahora, sigue leyendo.