Entonces la gloria de Jehová se elevó de encima del umbral de la casa, y se puso sobre los querubines.
Este es uno de los momentos más silenciosos y tristes de todo el libro: la gloria de Jehová, la presencia que llenaba el templo, simplemente se va. Sin explosión, sin confrontación — se mueve hasta el umbral, se detiene ahí, y parte. Se lee menos como un ataque y más como alguien que finalmente sale de una relación que llevaba mucho tiempo rota.
Lo inquietante es lo poco dramático que resulta. Dios no necesita anunciar que ya tuvo suficiente. Simplemente se retira, y el edificio que queda todavía parece un templo — mismas paredes, mismos muebles — pero aquello que lo hacía importar ya no está ahí.
Vale la pena preguntarse si eso a veces es cierto sobre la versión de fe o religión con la que alguien creció: toda la estructura todavía en pie, pero nadie muy seguro de si sigue habiendo algo real adentro. Este versículo no finge que ese vacío no existe. Lo nombra con honestidad, que ya es un punto de partida.
¿Alguna vez la estructura de fe con la que creciste te ha parecido que le faltaba lo que la hacía importar?
Un video corto sobre esto está por llegar — por ahora, sigue leyendo.