Hijo de hombre, he aquí que yo te quito de golpe el deleite de tus ojos; no endeches, ni llores, ni corran tus lágrimas.
Esta es una de las cosas más difíciles que Dios le dice a alguien en toda la Biblia. A Ezequiel se le avisa que su esposa va a morir, de repente, y no se le permite llorar de la manera normal — sin duelo público, sin lágrimas. Suena casi cruel hasta que te das cuenta de que el punto no es que su pérdida no importe. Es que la vida entera de Ezequiel se había convertido en un mensaje viviente para una nación que solo así prestaba atención.
Lo que llama la atención aquí no es una lección ordenada sobre controlar las emociones. Es el peso real de lo que le costó a una persona conseguir la atención de todos — su propia devastación convertida en señal, lo quisiera o no.
Si la fe alguna vez te pareció un trato fácil — cree, y la vida se simplifica — este pasaje contradice eso. Algunas personas en esta historia cargaron dolor real, a la vista de todos, por algo más grande que su propia comodidad. No es un pedido pequeño, y la Biblia no finge que lo sea.
Si la fe alguna vez te pareció un trato fácil, este momento crudo en la vida de Ezequiel merece leerse completo.
Un video corto sobre esto está por llegar — por ahora, sigue leyendo.