Ni esconderé más de ellos mi rostro; porque habré derramado de mi Espíritu sobre la casa de Israel, dice Jehová el Señor.
"No esconderé más mi rostro" es una promesa extraña de hacer, a menos que esconder el rostro fuera algo que realmente había estado pasando. Y a lo largo de Ezequiel, así fue — este es un libro sobre un pueblo que se sentía abandonado, viendo caer su ciudad, preguntándose si Dios simplemente había apartado la mirada para siempre.
Este versículo llega como respuesta a ese temor. No una garantía vaga, sino una reversión concreta: la distancia termina, y en su lugar viene algo derramado, no solo permitido — el propio Espíritu de Dios, dado con generosidad, no repartido a regañadientes.
Si alguna vez sentiste que Dios, si es que existe, probablemente está distante o indiferente a lo que realmente pasa en tu vida, este versículo apunta directo a esa sospecha. No discute para convencerte de que no te sientas abandonado. Simplemente declara, sin rodeos, que el ocultamiento terminó.
Si la distancia es lo que esperarías encontrar de parte de Dios, este versículo te reta a comprobar si eso todavía es cierto.
Un video corto sobre esto está por llegar — por ahora, sigue leyendo.