Mi Dios envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones, para que no me hiciesen daño, porque ante él fui hallado inocente; y aun delante de ti, oh rey, yo no he hecho nada malo.
Daniel dice algo específico aquí que vale la pena notar: no le da el crédito a la suerte, ni a que los leones estuvieran inusualmente bien alimentados, ni a su propio valor. Dice que un ángel les cerró la boca, y nombra el motivo — fue hallado inocente. No inocente por ser perfecto, sino por seguir haciendo lo sencillo y silencioso de orar volcado hacia su propia integridad, incluso cuando se aprobó una ley específicamente para atraparlo por eso.
El rey había arrojado a Daniel a ese foso medio esperanzado, medio dudando que algo pasara. Lo que recibe a la mañana siguiente es un hombre que pasó la noche en un cuarto construido para matarlo y salió intacto.
Es tentador leer esto solo como una historia de rescate milagroso y quedarse ahí. Pero el detalle más silencioso es lo que metió a Daniel en ese foso: mantuvo un hábito pequeño y constante de volverse hacia Dios, públicamente, con un costo personal real, mucho antes de imaginar que eso importaría tanto.
Vale la pena preguntarse qué cosa pequeña y constante en tu propia vida quizás valga silenciosamente más de lo que parece ahora.
Un video corto sobre esto está por llegar — por ahora, sigue leyendo.