Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
Alguien en esa mesa hace la pregunta obvia — ¿cómo podemos saber el camino, si ni siquiera sabemos hacia dónde vas? Tomás no está siendo difícil, está siendo honesto. Quiere un mapa. Jesús responde con algo que no es ningún mapa: yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
Es una afirmación enorme, y vale la pena tomarla tan en serio como ella misma se presenta. No es un camino entre varios igualmente válidos. No es un conjunto de instrucciones para que descubras solo. Es una persona, de pie en la sala, diciendo que el camino y el destino se encuentran en él.
Si has reunido un poco de creencia de muchos lugares distintos y nunca te decidiste realmente por ninguno, este versículo no te pide que los sintetices. Hace una afirmación específica, excluyente — y te pide que de verdad la enfrentes como verdadera o no, en lugar de archivarla como una opción más entre tantas.
Si has guardado un poco de creencia de muchos lugares sin decidirte por ninguno, esta afirmación te pide algo más directo: ¿es verdad o no?
Un video corto sobre esto está por llegar — por ahora, sigue leyendo.